Ideas para la Pascua, 2012

Escrito por Carlos Santa María. Publicado en Shekina

 

 

SHEKINÁ - PASCUA 2012
Es la mañana del día de Pascua. Jesús se ha quedado sólo. Después de muchos días. Y eso en cierto modo es un alivio. Hace casi una semana que él y sus compañeros llegaron a Jerusalén. Desde entonces, apenas ha tenido un rato de intimidad.
 
No están siendo días fáciles. Su entrada a la ciudad provocó un auténtico tumulto, justo lo que hacía falta para colmar la paciencia de los sacerdotes. Pero no supo negarse a la gente sencilla que ese día tomó las calles. Y fueran muchos o pocos, la escena y los vítores no tardaron en llegar hasta los oídos de sus poderosos enemigos. Si aun pudieran estar albergando alguna duda acerca de qué hacer, parecía ya claro que aquello del domingo necesariamente tenía que haberles hecho decidirse.
 
Es normal que Jesús esté nervioso. Le quedan muchas cosas por decir y su intuición no cesa de decirle que el tiempo se ha terminado. No está seguro ya de nada, pero algo va a ocurrir. Son ya tres años de recorrer pueblos y aldeas, de plantarse ante las autoridades e invertir el orden establecido. Tres años de escándalo y de misión. Desde hace semanas siente que la Pascua de este año va a constituir una encrucijada. Tanto para él como para sus cercanos.  No deja de darle vueltas a la idea de un desastre inminente. No quiere que la gente piense que anda escondiéndose, pero finalmente cede ante los amigos que le ofrecen sus casas fuera de la ciudad, en Betania o Betfagé. No hay más que rumores y ninguno es bueno. Todos los que hablan con él tratan de convencerle de que abandone Jerusalén. Al menos, un par de meses. Que pase la Pascua, que los sacerdotes se olviden un poco de él. Hay demasiada tensión en el ambiente. Las multitudes rebosan la ciudad. Y ya se sabe, las masas son impredecibles, pero también muy fáciles de manipular. Si hay algo que todos saben aquí es que ante la eventualidad de un desorden, el gobernador romano cede siempre a las presiones de los líderes locales. Los gobernadores vienen a llenar sus bolsas, y lo último que desean son problemas en sus territorios. Mucho menos en una provincia de segunda categoría, tan alejada de los centros de poder del Imperio.
 
Sin embargo, Jesús no parece querer atender a razones. No es ya sólo su carácter terco y obstinado. Es que le queda aún mucho que decir. Muy poco tiempo. Horas, minutos que se le escapan entre los dedos. Parece desbocado. Rechaza hasta la idea de dormir. Tras la demostración del domingo, ha seguido subiendo al Templo cada día. Desde muy temprano le esperan decenas de personas que van sólo con el propósito de escuchar lo que tiene que decir. Unos por sincera curiosidad, por verdadero anhelo de fe y conocimiento. Otros muchos porque se han enterado de la novedad que supone un profeta tan joven y que maneja asombrosamente los textos sagrados. No pocos son los que acuden con la intención de sumar aún más motivos para perderle. Resulta sencillo confundir a un hombre, desviarle de sus razonamientos, hacer que caiga en contradicciones. No dejar de preguntar, buscarle los flancos en busca de un error. Empujarle a la trampa de la herejía. La afirmación menos cuidadosa sirve para agitar a las masas que abarrotan la ciudad. Jesús, pese a las recomendaciones, no rehuye la confrontación. Responde a todo aquello que le plantean. Hace verdaderos esfuerzos por ser comprendido. Sin embargo, es tan sencillo retorcer sus palabras y convertirlas en acusaciones directas contra él. Es lo que los sacerdotes y escribas llevan haciendo desde siempre con todo aquel que amenaza su poder.
 
Jesús habla de la destrucción del Templo, de la Resurrección. La gente no deja de acosarle con cuestiones de toda clase. Él sabe que no siempre con las mejores intenciones, pero no le queda tiempo para dejar preguntas pendientes. Cada día que pasa, en esa última semana, un sentimiento va creciendo en todos los que están la ciudad. Como una planta trepadora desbocada. Como una mala hierba que anega los campos. Jesús, sus amigos, los que viven en la ciudad, los que llegaron para pasar la Pascua, la gente sencilla, los servidores y sus señores. Todos parecen esforzarse en recordar cada palabra, cada gesto -por pequeño o insignificante que sea. Algo trascendente parece estar creciendo y desarrollándose ante todos. Jesús despliega todo su conocimiento, toda su pasión. Es el de siempre, pero más profundo, más oscuro, menos accesible. Y eso que jamás rechaza a nadie. También en eso parece el de siempre. Nadie que le busque deja de tener unos momentos con él. No siempre es todo lo amable que debiera –el cansancio y el agobio no respetan a nadie-, no siempre es el tipo relajado y encantador que muchos conocieran tres años atrás. Sí. Está en una encrucijada y sus íntimos contemplan aquella semana de vaciamiento con una mezcla de dolor y aprensión. “Está jugando demasiado fuerte”, se dicen unos a otros; “deberíamos sacarlo de aquí”. “Incluso aunque tenga que ser contra su voluntad”.
 
Alguien se acerca y le unge con perfume. Pese al escándalo, Jesús se deja hacer. “No estaré siempre”, dice. Muchos perciben la cercanía de la amenaza. Hay rumores en cada esquina. Dicen que será alguien de su grupo. Un conocido. Un primo, un hermano, alguien de la familia. ¿Quién sabe? Los sacerdotes han puesto ya el precio. En cualquier momento irán a por él. Es cuestión de tiempo. Esta noche es posible que le respeten. Nadie se atrevería a perder a un justo en plena fiesta. Pero los poderosos no conocen de escrúpulos, todo lo más calculan los riesgos una y otra vez, tratando de minimizarlos. Los agitadores a sueldo han caldeado el ambiente en los últimos días. Han venido fariseos de todas las poblaciones a la redonda. Algo va a ocurrir. Aún queda tiempo para salvarse.
 
Confuso y cansado. Así es como se ve Jesús. La gente le agobia. Él les busca, quiere hablar con todos, pero también llega un momento en que no puede más y se ve sobrepasado. Ha enviado a sus amigos a contratar el salón y la cena para la Pascua. Tardarán un par de horas en regresar. El sol está alto. ¡Qué lejana le resulta ahora la suave brisa del último atardecer en Getsemaní, donde le gusta descansar tras las agotadoras discusiones y oraciones en el Templo! “Guárdate de Getsemaní”, le dice un desconocido al pasar. “No quiero vivir con miedo”, responde él sin saber a quién mirar. “No he venido a deciros que viváis con miedo; confiad en mí, confiad en mi Padre, dejaos hacer”.
 
De pronto, entiende. Es el final de su vida pública. Las cosas han llegado a tal punto que hay vuelta atrás. De aquí ya no se sale. O desaparezco unos meses, y dejo que las aguas se calmen, o los sacerdotes me encarcelarán y torturarán. Pero si abandono, ¿con qué credibilidad podré volver a presentarme ante mis hermanos? ¿Cómo les voy a hablar del Padre, de dejarse hacer, de no tener miedo, cuando yo he sido el primero en salir huyendo? De aquí no se sale. O lo dejo y se terminó para mí, o sigo y que sea lo que el Padre tenga preparado.
 
Jesús necesita mucho a su madre. “Creo que me he equivocado, mamá. No valgo para esto; es mejor dejarlo”. Está seguro de que ella le apoyará y protegerá en lo que sea. “Vayámonos esta misma tarde, antes de la Pascua. Ya cenaremos en casa de las hermanas de Lázaro. O al raso. ¿Qué más dará si de lo que se trata es de celebrar la Pascua?” “Pero si crees que debemos quedarnos, yo estaré a tu lado. En todo. No tenemos nada más grande que la confianza en el Padre. Yo estaré siempre pegada a ti. Estamos unidos como tierra y luz, somos de la misma piel y la misma sangre.” ¿Dónde está su madre ahora? Necesita decirle que ya se decidió. Que va a seguir adelante. Que cree que ha llegado el momento de su Plenitud. No del sacrificio, no de la muerte –si es que fuera a ser el caso-, sino de su Plenitud.
 
Eso es lo que empieza a intuir. Es el momento de confiarse en el Padre. Sin reservas. Sin miedos. Es lo que ha predicado. Y su palabra no es sólo palabra, es vida. Algunos de sus discípulos parecen comenzar a entenderlo, por eso también sienten el miedo. Dar la vida, entregarla sin reservas. Con cada paso, en cada pequeña decisión. Deshabitarse de uno mismo. Dejar todo el espacio libre al Padre y a los hermanos. Si eso es lo que ha predicado hasta casi volverse loco, ¿qué sentido tendría abandonar ahora? En efecto, éste es el paso para el que ha venido preparándose durante los últimos años. Ahora se da cuenta. Es el paso más allá del cual no hay vuelta atrás.
 
Tanta gente buena que conoce. Tanta gente que le diría que “qué extraordinario lo que has hecho; qué importante y necesario”. Gente que le quiere, que lo último que desea es verle sufrir. “Date un tiempo, date una tregua”. Palabras que a él le gusta escuchar. Le reconfortan, le dan algo de paz. Pero también le revuelven. Porque no es eso lo que él cree que el Padre le está pidiendo. “Sigue adelante, fíate de mí”.
Despojarse de todo, no sólo de la ropa y los bienes. No sólo de los hermanos y las hermanas, de la madre y de los amigos. No sólo de Pedro y Juan y Santiago. Despojarse de sí mismo. Deshabitarse. No dejar un solo espacio para sí. Dárselo todo al Padre. Pasar a su Casa.
 
El momento de la Plenitud. La mañana de Pascua. ¿Tomar el autobús de regreso a Nazareth o continuar predicando en el Templo, celebrar la Cena, esperar?
 
Celebrar la Cena. Es en ese momento cuando Jesús vuelve a intuir que ésa no va a ser una celebración de la Pascua como las demás. En realidad, nunca es como las demás. Cada Celebración es nueva y actual. La Liberación de Egipto se hace real esa noche y todas las demás noches de Pascua de la Historia.
 
Celebrar la Cena. Darlo Todo. Darse Entero. No. No será una Pascua como las demás. Es la hora del paso a la Plenitud. Lo que su corazón parece decirle desde que empezó a recorrer los caminos. Has llegado al lugar y al momento. Ahora, eres del Padre.
 
¿Esconderse en Galilea? No sería esconderse de los sacerdotes. Sería peor, sería huir del Padre. Del abrazo del Padre.
 
 
(PAUSA)
 
En realidad, no es tan malo. Se puede llegar a ser un buen cristiano, una persona feliz y ejemplar, y continuar guardándonos zonas de seguridad. Podemos intuir cuáles son las nuestras. Sabemos que podemos mejorar y lo hacemos. Estamos abiertos a los demás, a sus inquietudes y necesidades, a la realidad de los hermanos golpeados. Pero también hemos creado nuestros cortafuegos. Aquellas líneas rojas que, en esta mañana de Pascua, no nos atreveríamos nunca a cruzar. En eso no somos distintos al Jesús de la mañana de Pascua. Él también debió sentir esas líneas de seguridad. Las debió sentir a fuego. Y a él también le llegaron las voces de lo razonable.
 
Y sin embargo, se metió en el Mar del Padre. Se hundió por completo. Se dejó hacer hasta ni siquiera ser él. Se disolvió en la Plenitud del Padre. Se dio por completo, sin reservas, lleno de miedo, sudando sangre y agua, con una angustia difícil de imaginar. Saltar al vacío y no estar asustado, ni siquiera el propio Dios puede.
 
Saltar al vacío y ser de Dios.
 
En realidad no es tan fácil. Vivir sin protecciones, dejarse hacer por los demás. Ver al Padre en aquellos que queremos, pero sobre todo en los que no nos resultan tan afines ni tan confortables. Meternos en el ruido, ver nuestras limitaciones. Sentir que no sabemos arreglarlo todo, contemplar en el espejo una imagen llena de contradicciones.
 
Miedos, justificaciones, desvíos. Buscamos, porque está en nuestra naturaleza todo aquello que nos da seguridad y nos ayuda. Nos decimos que ya bastante intentamos hacer, que es importante que alguien como nosotros esté donde está, que ocupe el puesto que ocupa, o que pueda, desde donde habita, desplegar toda una vida de bondad y entrega. Bondad y entrega calculadas, sin embargo; sujetas a nuestras prioridades y a nuestros miedos. Saltar al vacío, sí. Siempre. Pero con red de seguridad.
 
Pero, tampoco es tan difícil. No. Entregarse al Padre, vivir la Plenitud de la Pascua de Jesús no es tan difícil. No somos superhombres. Pero Jesús tampoco resultó serlo. Tuvo miedo, sufrió el dolor y la decepción. Cometió errores, fue injusto con algunas personas. Y sin embargo, nunca renegó de sus fallos, de su naturaleza humana. Nunca nos pidió que fuéramos otra cosa distinta a lo que somos. El Padre se hizo Hombre. Se nos olvida con tanta facilidad. Buscamos caminos de ascenso espiritual, cuando en realidad –si es que ése no es un concepto discutible en sí mismo- fue el Padre quien descendió hacia nosotros. Es Él quien se acerca a nosotros, quien nos pide que sigamos siendo lo que somos, pero en Él.
 
No es tan difícil llegar a la Plenitud. No es tan fácil.
 
Es un momento. Pero también una vida.
 
Es aferrarse al Padre. Y lanzarse al vacío.
 
Es fiarse de los hermanos. Con todas las consecuencias. Con el amor más denso y extremo. Es diluir nuestra vida entre las suyas, confundirnos en el mismo espacio, converger nuestras trayectorias.
 
Compartir la vida o no. Dejarnos interpelar o no. Abrir las puertas o no. No es tan fácil. No es tan difícil. Es la Plenitud.
 
Jesús abre los ojos. Un muchacho se le acerca. Viene con un recado de su madre y sus hermanos. Parece que ya han conseguido un lugar para celebrar la cena de Pascua. Ahora tiene que dejarnos. El muchacho le pide que le acompañe y lo de esta noche está casi todo por hacer. Nos volveremos a encontrar más tarde, nos dice a cada uno, mirándonos a los ojos como sólo él sabe hacerlo, con esa mirada intensa y arrebatada, pero tranquila y llena de comprensión.
 
Vendrás a la Pascua, ¿verdad?
 
 
 

Jesús y el humor

Escrito por Carolina López-Dóriga. Publicado en Shekina

Al hilo de la tarde de aprendizaje sobre el humor....

Con el ánimo de seguir creciendo en este tema y de la mano, esta vez, Dolores Aleixandre:

Jesús y el humor

" En un espectáculo teatral maravilloso "El Evangelio de San Juan" de Rafael Álvarez, el Brujo, se pregunta si tenía Jesús sentido del humor y, después de darle vueltas al asunto, se me ha ocurrido aproximarme a una realidad tan compleja como el humor descomponiéndola, como la luz blanca, en los distintos "colores" que la forman y que podrían llamarse lucidez, distancia, capacidad de relativizar, manejo de lo incongruente y lo paradójico, algo de juego y una chispa de locura. Desde ahí quizá sea posible responder a la pregunta sobre si Jesús tenía sentido del humor.

Es evidente que poseía esa lucidez, esencial en el humor, que facilita el descubrimiento de la verdad, despoja a las cosas de sus ropajes y apariencias y las muestra tal y como son.

Cuando contemplaba un día como muchos echaban muchos donativos en el templo, vio que una pobre viuda echaba dos moneditas y afirmó con rotundidad: "Os aseguro que esta viuda pobre ha echado más que todos..."

Para él, la espléndida, la generosa, la digna de admiración era ella y sus dos cuartos merecían a sus ojos el valor de una fortuna; los donativos de los otros no valían gran cosa, solo habían entregado las migajas sobrantes de su banquete.

La viuda nunca llegaría a saberlo, pero su conducta había desencadenado una reflexión paradójica en el hombre que la observaba y que quizá estaba pensando algo parecido a lo que dirá más tarde ante el gesto de derroche de otra mujer: "Os aseguro que, allá donde se predique el Evangelio, se recordará lo que ella ha hecho: ha conseguido que las categorías más y menos estén ya para siempre vueltas del revés".

Jesús se ha situado desde otra perspectiva, ha mirado las cosas desde una lucidez atípica y ha descubierto en la realidad una fisura por la que introducir la sospecha: ¿y si las cosas no fueran lo que parecen? La respuesta que propone encierra la pretensión de decir algo sobre cómo es la realidad vista desde Dios.

¿Cuál sería la "garita de lucidez" de Jesús? ¿Dónde se situaba para ver las cosas tan distorsionadas. Con sus gafas de efectos especiales, a los que claramente están lejos y fuera, él los ve cerca y dentro; y los de arriba resultan estar abajo. Y aquellos que a nuestros ojos son menos para él son los más importantes.

El humor crea una distancia que permite mirar las cosas desde un ángulo distinto del habitual y cuestionar la interpretación dominante de la realidad. Para quien lo posee, lo normal, natural e incuestionablemente establecidos se sale de sus quicios y comienza a emitir señales en otro lenguaje totalmente nuevo y diferente.

Jesús se situaba en ángulos desde lo que las cosas cambiaban de dimensiones: por eso hablaba de filtros que retienen un mosquito pero dejan colarse a un camello; de vigas que se alojan en la niña de los ojos, de camellos que intentan pasar por el ojo de una aguja... Él se salía del terreno de lo conocido y proponía "no reclinar la cabeza" exclusivamente en lo que se cree saber, controlar o dominar.

Era capaz de relativizarlas cosas y de restablecer las auténticas dimensiones de lo humano y de sus problemas. Concedía a cada cosa la importancia que se merecía, como si anticipara la distancia que otorga el paso del tiempo y con eso planteaba los problemas en su justo término y ponía cada cosa en su lugar.

Cuando decía: "El Hijo del hombre es señor del sábado", o " No hay nada fuera del hombre que pueda hacerle impuro", saltaban por los aires las normativas asfixiantes del descanso sabático junto con todo el sistema de prescripciones alimentarias.

Cuando proponía como modelo a un fariseo a una mujer pecadora pública o cuando afirmaba: "las prostitutas os precederán", estaba poniendo patas arriba convicciones incuestionables sobre la dignidad o indignidad de las personas.

Cuando descalificaba a la gente del ámbito sacral y agigantaba la figura de un samaritano, hacía estremecer los cimientos de una sociedad fosilizada.

Como cuando decía a Nicodemo: " Y tú que eres un maestros de Israel ¿no entiendes estas cosas? No se trata de entrar en el vientre, sino de entrar en el Reino y esa es una novedad absoluta, ¡no intentes poner remiendos! Eres un espléndido cumplidor de mandamientos, Nicodemo, pero te falta una cosa: Ve, vende toda tu perfección y tus saberes y consiente que la locura del Reino ocupe el lugar de tu vieja sabiduría..."

Decía P. Berger:

"La íntima relación del humor con la fe procede del hecho de que ambos se ocupan de las incongruencias de nuestra existencia. El humor se ocupa de las incongruencias inmediatas de la vida y la fe de las incongruencias últimas.

Tanto el humor como la fe son expresiones de la libertad del espíritu humano, de su capacidad para distanciarse de la vida y de sí mismo y contemplar el panorama en su conjunto".

Al empujar a la razón un poco más allá de lo que se considera razonable, el humor se adentra en el terreno de una incongruencia de la que participan muchas propuestas evangélicas: ¿a quién puede ocurrírsele que la mejor manera de descansar sea cargar con un yugo...? ¿Quién se subiría a un burro para entrar solemnemente en la ciudad a la que quería atraer?

"El humor es la dicha que ha embargado al mundo" decía Kierkegaard.

Es el modo alternativo de reaccionar y de comportarse que eligió Jesús la noche en que iba a ser entregado, el camino que eligió a la hora de estar ante lo sucio de sus amigos, ante sus defectos, rencillas, resistencias y ambiciones. En vez de elegirá la huida, la severidad o el reproche, se acercó a cada uno y se puso de rodillas para lavarles y devolverle la posibilidad de continuar caminando.

Esa fue su peculiar manera de llegar hasta el final en un amor que iba más allá de las fronteras del cálculo hasta adentrarle en la tierra del derroche, la pérdida y la loca desmesura.

La paradoja, una idea extraña y opuesta a la opinión común, es otra de las características del humor y Jesús entra en el mundo bajo su signo: nada más paradójico que la señal que recibieron los pastores en la noche de Belén: "Esto os servirá de señal: encontraréis a un niño envuelto en pañales y reclinado en un pesebre". Extraña señal para dar a conocer al Mesías, al Señor, al Hijo del Altísimo.

Y cuando afirma el Evangelio que "se llenaba de alegría en el Espíritu Santo", esa alegría escondía una profunda contradicción: la de que el Padre oculte a los sabios y entendidos lo que revela a los pequeños e ignorantes.

Sus afirmaciones y las de los que continuarán después anunciando su palabra, se salen de los patrones políticamente correctos y resultan incomprensibles y rompedoras:

Existe una dicha que es propiedad sólo de los pobres, hambrientos y perseguidos

Hay más alegría en dar que en recibir

La locura de Dios es precisamente su sabiduría

Es la pobreza lo que en realidad enriquece

Dice Hugo Rahner:

"Jugar es entregarse a una suerte de magia, representar el papel de otro absoluto, adelantarse al futuro, dejar de lado el mundo incómodo de los hechos.

En el juego la mente está dispuesta a aceptar lo inimaginado y lo increíble, a adentrarse en un mundo regido por unas leyes distintas, a desembarazarse de todos los pesos que le abruman, a ser libre, majestuosa, sin nada que la coarte, y divina.

El hombre, cuando juega, intenta alcanzar esa desenvoltura superlativa en la que incluso el cuerpo, libre de su carga terrenal, se mueve sin esfuerzo al compás de una danza divina. "Adentrarse en un mundo regido por unas leyes distintas..."

Todo el lenguaje del Evangelio es una memoria viva de esas "leyes distintas", de algo que podríamos llamar "juego pascual" desde que la afirmación del Maestro está formulada con el lenguaje del juego y de las apuestas: "El que quiera salvar su vida, la perderá pero el que la pierda por mí y por el evangelio, la ganará".

Extraño poder el del humor, capaz de llevarnos de la mano al encuentro de la dimensión teologal de nuestra existencia. Se diría que el humor participa de esa actividad de la fe, capaz de aventurarse en lo desconocido, encajando la dureza y la opacidad de la realidad sin perder la ternura; está también contagiado de esa forma persistente de locura que es la esperanza cristiana y comparte con la caridad su capacidad de recrear nuestra vida con un nuevo comienzo, de someterlo todo al imprevisible impulso del amor.

Por eso puede ser un instrumento modesto y eficaz como el aceite y tan olvidado hoy en nuestra rígida Iglesia para esa acción flexibilizadora que suplicamos al Espíritu.

Bienvenidas sean a nuestra vida esas formas peculiares de humor de aquél a quien llamamos Maestro y que hoy nos diría:

Donde esté vuestro gozo, allí estará vuestro corazón

Vosotros sois la alegría del mundo pero si la alegría se pone triste ¿con qué la alegrarán?

Esto os mando, que os alegréis unos a otros.Humor

Gracias por estos 50 años

Escrito por Enrique Vera. Publicado en Shekina

Queridos hermanos y hermanas,

En el día de mi 50 cumpleaños aprovecho la ocasión para compartir este año de celebraciones y acción de gracias : 50 cumpleaños, 20 años de matrimonio....y son muchas las experiencias y sentimientos que se van entrecruzando en mi vida a veces siento que me ahogo y no soy capaz de procesarlas, que me falta el aliento.

Nuestra Profesión de Fe

Escrito por Dominique. Publicado en Shekina

Lo proclamamos en los bautizos de todos nuestros hijos e hijas

Desde nuestra experiencia de Dios como Padre Bueno:

  • CREEMOS que sólo si nos hacemos pobres estaremos disponibles para acoger el don de su Reino y así alcanzar la libertad de los hijos de Dios. Por ello, RENUNCIAMOS a vivir desde la ambición de poseer cosas, prestigio, poder, ...
  • También RENUNCIAMOS a tener un corazón frío e indiferente ante el resto de los hombres, porque CREEMOS que es más feliz aquél cuyo corazón llora con el dolor de otros y vive sediento y hambriento de la justicia que sólo llegará con el Reinado de Dios en el mundo.
  • Desde la experiencia de un Dios misericordioso, CREEMOS que se es bienaventurado acogiendo con el corazón la vida de los hermanos y, por ello, NO QUEREMOS vivir en el egoísmo, encerrados en nosotros mismos.
  • NO QUEREMOS vivir unas relaciones basadas en la hipocresía, falta de transparencia y envidia, porque CREEMOS que la sencillez y limpieza de corazón nos acercan más al Señor y nos permiten verle en nuestros hermanos.
  • CREEMOS que trabajar por la paz hace al hombre dichoso. Por eso, NO QUEREMOS vivir desde la violencia que impide construir la paz que el Señor nos ofrece.
  • NO QUEREMOS vivir la comodidad, la pereza, la desilusión y la desesperanza, porque CREEMOS en la lucha por un mundo más abierto al Señor y a los hermanos, donde se pueda vivir la "Buena-Aventura" del Reino de Dios.

Conclusiones

Escrito por Dominique. Publicado en Shekina

  • Mantener una opción nuclear en lo personal, que es intransferible e individual. Las comunidades están formadas por cristianos adultos y responsables, si no la vida comunitaria no tiene sentido
  • Agradecer y disfrutar permanentemente. Nos sobran los motivos.
  • Mantener una tensión positiva y creativa entre lo que se es y lo que se ha soñado. Sabernos hijos de una promesa.
  • El perdón y la fiesta como dos claves para la fraternidad
  • Compartir lo que cada uno es y tiene. Sin más complicaciones.
  • Ser signo para otros, para el mundo, para la Iglesia.

Dimensiones de la vida comunitaria

Escrito por Dominique. Publicado en Shekina

Compartir la vida tiene, para nosotros, diferentes aspectos:

La fraternidad, las relaciones personales. Compartir la vida es sobre todo hacer real la fraternidad, vivir como hermanos y hermanas. Cuidarnos unos a otros, compartir lo que nos va pasando y juntos ir descubriendo la voluntad del Señor. Hemos cuidado la fraternidad de forma distintas, algunas más formales (grupos de vida, binas,...) y la mayoría más informales, procurando ese encuentro entre personas que comparten lo que llevan dentro.

La vida cotidiana compartida. Con los años hemos ido aprendiendo y valorando la vida cotidiana sencilla que se comparte. El día a día. Vivir juntos nos ha ayudado a muchos. Los años que llevamos compartiendo en Villa de Rota (6 familias vivimos en el mismo bloque), y ahora también en Arzobispo Morcillo (2 familias), son modos concretos que nos han facilitado esta experiencia.

El acompañamiento. Apoyarnos en el discernimiento evangélico, ser luz unos para otros. Compartir comunitariamente las decisiones. Seguirnos la pista. En una comunidad grande como la nuestra hemos ido buscando diferentes formas que nos permitan acompañarnos mutuamente en el seguimiento de Jesús: los grupos de vida, las reuniones de vida, las binas, los ejercicios, las oraciones de los miércoles. Todos han contribuido a ello.

Los bienes. Compartir la vida es también compartir lo que tenemos con generosidad entre nosotros y con otros. No es un tema fácil y nuestras experiencias no siempre han generado crecimiento y gozo. El fondo comunitario ha sido la manera concreta de vivirlo entre todos y en los últimos años el Fondosol (ponemos en común nuestros salarios) ha dado la oportunidad a algunos de compartir más a fondo el dinero como expresión y signo de un deseo hondo de poner más vida en común.

El perdón y el conflicto. Compartir vida ha significado también tener roces, tensiones, desencuentros. No todo lo del otro me agrada. El conflicto y el perdón son parte esencial de nuestra vida compartida. Las celebraciones, en especial las penitenciales, han ayudado mucho a construir comunidad desde el perdón y la reconciliación.