Ideas para la Pascua, 2012

Escrito por Carlos Santa María. Publicado en Shekina

 

 

SHEKINÁ - PASCUA 2012
Es la mañana del día de Pascua. Jesús se ha quedado sólo. Después de muchos días. Y eso en cierto modo es un alivio. Hace casi una semana que él y sus compañeros llegaron a Jerusalén. Desde entonces, apenas ha tenido un rato de intimidad.
 
No están siendo días fáciles. Su entrada a la ciudad provocó un auténtico tumulto, justo lo que hacía falta para colmar la paciencia de los sacerdotes. Pero no supo negarse a la gente sencilla que ese día tomó las calles. Y fueran muchos o pocos, la escena y los vítores no tardaron en llegar hasta los oídos de sus poderosos enemigos. Si aun pudieran estar albergando alguna duda acerca de qué hacer, parecía ya claro que aquello del domingo necesariamente tenía que haberles hecho decidirse.
 
Es normal que Jesús esté nervioso. Le quedan muchas cosas por decir y su intuición no cesa de decirle que el tiempo se ha terminado. No está seguro ya de nada, pero algo va a ocurrir. Son ya tres años de recorrer pueblos y aldeas, de plantarse ante las autoridades e invertir el orden establecido. Tres años de escándalo y de misión. Desde hace semanas siente que la Pascua de este año va a constituir una encrucijada. Tanto para él como para sus cercanos.  No deja de darle vueltas a la idea de un desastre inminente. No quiere que la gente piense que anda escondiéndose, pero finalmente cede ante los amigos que le ofrecen sus casas fuera de la ciudad, en Betania o Betfagé. No hay más que rumores y ninguno es bueno. Todos los que hablan con él tratan de convencerle de que abandone Jerusalén. Al menos, un par de meses. Que pase la Pascua, que los sacerdotes se olviden un poco de él. Hay demasiada tensión en el ambiente. Las multitudes rebosan la ciudad. Y ya se sabe, las masas son impredecibles, pero también muy fáciles de manipular. Si hay algo que todos saben aquí es que ante la eventualidad de un desorden, el gobernador romano cede siempre a las presiones de los líderes locales. Los gobernadores vienen a llenar sus bolsas, y lo último que desean son problemas en sus territorios. Mucho menos en una provincia de segunda categoría, tan alejada de los centros de poder del Imperio.
 
Sin embargo, Jesús no parece querer atender a razones. No es ya sólo su carácter terco y obstinado. Es que le queda aún mucho que decir. Muy poco tiempo. Horas, minutos que se le escapan entre los dedos. Parece desbocado. Rechaza hasta la idea de dormir. Tras la demostración del domingo, ha seguido subiendo al Templo cada día. Desde muy temprano le esperan decenas de personas que van sólo con el propósito de escuchar lo que tiene que decir. Unos por sincera curiosidad, por verdadero anhelo de fe y conocimiento. Otros muchos porque se han enterado de la novedad que supone un profeta tan joven y que maneja asombrosamente los textos sagrados. No pocos son los que acuden con la intención de sumar aún más motivos para perderle. Resulta sencillo confundir a un hombre, desviarle de sus razonamientos, hacer que caiga en contradicciones. No dejar de preguntar, buscarle los flancos en busca de un error. Empujarle a la trampa de la herejía. La afirmación menos cuidadosa sirve para agitar a las masas que abarrotan la ciudad. Jesús, pese a las recomendaciones, no rehuye la confrontación. Responde a todo aquello que le plantean. Hace verdaderos esfuerzos por ser comprendido. Sin embargo, es tan sencillo retorcer sus palabras y convertirlas en acusaciones directas contra él. Es lo que los sacerdotes y escribas llevan haciendo desde siempre con todo aquel que amenaza su poder.
 
Jesús habla de la destrucción del Templo, de la Resurrección. La gente no deja de acosarle con cuestiones de toda clase. Él sabe que no siempre con las mejores intenciones, pero no le queda tiempo para dejar preguntas pendientes. Cada día que pasa, en esa última semana, un sentimiento va creciendo en todos los que están la ciudad. Como una planta trepadora desbocada. Como una mala hierba que anega los campos. Jesús, sus amigos, los que viven en la ciudad, los que llegaron para pasar la Pascua, la gente sencilla, los servidores y sus señores. Todos parecen esforzarse en recordar cada palabra, cada gesto -por pequeño o insignificante que sea. Algo trascendente parece estar creciendo y desarrollándose ante todos. Jesús despliega todo su conocimiento, toda su pasión. Es el de siempre, pero más profundo, más oscuro, menos accesible. Y eso que jamás rechaza a nadie. También en eso parece el de siempre. Nadie que le busque deja de tener unos momentos con él. No siempre es todo lo amable que debiera –el cansancio y el agobio no respetan a nadie-, no siempre es el tipo relajado y encantador que muchos conocieran tres años atrás. Sí. Está en una encrucijada y sus íntimos contemplan aquella semana de vaciamiento con una mezcla de dolor y aprensión. “Está jugando demasiado fuerte”, se dicen unos a otros; “deberíamos sacarlo de aquí”. “Incluso aunque tenga que ser contra su voluntad”.
 
Alguien se acerca y le unge con perfume. Pese al escándalo, Jesús se deja hacer. “No estaré siempre”, dice. Muchos perciben la cercanía de la amenaza. Hay rumores en cada esquina. Dicen que será alguien de su grupo. Un conocido. Un primo, un hermano, alguien de la familia. ¿Quién sabe? Los sacerdotes han puesto ya el precio. En cualquier momento irán a por él. Es cuestión de tiempo. Esta noche es posible que le respeten. Nadie se atrevería a perder a un justo en plena fiesta. Pero los poderosos no conocen de escrúpulos, todo lo más calculan los riesgos una y otra vez, tratando de minimizarlos. Los agitadores a sueldo han caldeado el ambiente en los últimos días. Han venido fariseos de todas las poblaciones a la redonda. Algo va a ocurrir. Aún queda tiempo para salvarse.
 
Confuso y cansado. Así es como se ve Jesús. La gente le agobia. Él les busca, quiere hablar con todos, pero también llega un momento en que no puede más y se ve sobrepasado. Ha enviado a sus amigos a contratar el salón y la cena para la Pascua. Tardarán un par de horas en regresar. El sol está alto. ¡Qué lejana le resulta ahora la suave brisa del último atardecer en Getsemaní, donde le gusta descansar tras las agotadoras discusiones y oraciones en el Templo! “Guárdate de Getsemaní”, le dice un desconocido al pasar. “No quiero vivir con miedo”, responde él sin saber a quién mirar. “No he venido a deciros que viváis con miedo; confiad en mí, confiad en mi Padre, dejaos hacer”.
 
De pronto, entiende. Es el final de su vida pública. Las cosas han llegado a tal punto que hay vuelta atrás. De aquí ya no se sale. O desaparezco unos meses, y dejo que las aguas se calmen, o los sacerdotes me encarcelarán y torturarán. Pero si abandono, ¿con qué credibilidad podré volver a presentarme ante mis hermanos? ¿Cómo les voy a hablar del Padre, de dejarse hacer, de no tener miedo, cuando yo he sido el primero en salir huyendo? De aquí no se sale. O lo dejo y se terminó para mí, o sigo y que sea lo que el Padre tenga preparado.
 
Jesús necesita mucho a su madre. “Creo que me he equivocado, mamá. No valgo para esto; es mejor dejarlo”. Está seguro de que ella le apoyará y protegerá en lo que sea. “Vayámonos esta misma tarde, antes de la Pascua. Ya cenaremos en casa de las hermanas de Lázaro. O al raso. ¿Qué más dará si de lo que se trata es de celebrar la Pascua?” “Pero si crees que debemos quedarnos, yo estaré a tu lado. En todo. No tenemos nada más grande que la confianza en el Padre. Yo estaré siempre pegada a ti. Estamos unidos como tierra y luz, somos de la misma piel y la misma sangre.” ¿Dónde está su madre ahora? Necesita decirle que ya se decidió. Que va a seguir adelante. Que cree que ha llegado el momento de su Plenitud. No del sacrificio, no de la muerte –si es que fuera a ser el caso-, sino de su Plenitud.
 
Eso es lo que empieza a intuir. Es el momento de confiarse en el Padre. Sin reservas. Sin miedos. Es lo que ha predicado. Y su palabra no es sólo palabra, es vida. Algunos de sus discípulos parecen comenzar a entenderlo, por eso también sienten el miedo. Dar la vida, entregarla sin reservas. Con cada paso, en cada pequeña decisión. Deshabitarse de uno mismo. Dejar todo el espacio libre al Padre y a los hermanos. Si eso es lo que ha predicado hasta casi volverse loco, ¿qué sentido tendría abandonar ahora? En efecto, éste es el paso para el que ha venido preparándose durante los últimos años. Ahora se da cuenta. Es el paso más allá del cual no hay vuelta atrás.
 
Tanta gente buena que conoce. Tanta gente que le diría que “qué extraordinario lo que has hecho; qué importante y necesario”. Gente que le quiere, que lo último que desea es verle sufrir. “Date un tiempo, date una tregua”. Palabras que a él le gusta escuchar. Le reconfortan, le dan algo de paz. Pero también le revuelven. Porque no es eso lo que él cree que el Padre le está pidiendo. “Sigue adelante, fíate de mí”.
Despojarse de todo, no sólo de la ropa y los bienes. No sólo de los hermanos y las hermanas, de la madre y de los amigos. No sólo de Pedro y Juan y Santiago. Despojarse de sí mismo. Deshabitarse. No dejar un solo espacio para sí. Dárselo todo al Padre. Pasar a su Casa.
 
El momento de la Plenitud. La mañana de Pascua. ¿Tomar el autobús de regreso a Nazareth o continuar predicando en el Templo, celebrar la Cena, esperar?
 
Celebrar la Cena. Es en ese momento cuando Jesús vuelve a intuir que ésa no va a ser una celebración de la Pascua como las demás. En realidad, nunca es como las demás. Cada Celebración es nueva y actual. La Liberación de Egipto se hace real esa noche y todas las demás noches de Pascua de la Historia.
 
Celebrar la Cena. Darlo Todo. Darse Entero. No. No será una Pascua como las demás. Es la hora del paso a la Plenitud. Lo que su corazón parece decirle desde que empezó a recorrer los caminos. Has llegado al lugar y al momento. Ahora, eres del Padre.
 
¿Esconderse en Galilea? No sería esconderse de los sacerdotes. Sería peor, sería huir del Padre. Del abrazo del Padre.
 
 
(PAUSA)
 
En realidad, no es tan malo. Se puede llegar a ser un buen cristiano, una persona feliz y ejemplar, y continuar guardándonos zonas de seguridad. Podemos intuir cuáles son las nuestras. Sabemos que podemos mejorar y lo hacemos. Estamos abiertos a los demás, a sus inquietudes y necesidades, a la realidad de los hermanos golpeados. Pero también hemos creado nuestros cortafuegos. Aquellas líneas rojas que, en esta mañana de Pascua, no nos atreveríamos nunca a cruzar. En eso no somos distintos al Jesús de la mañana de Pascua. Él también debió sentir esas líneas de seguridad. Las debió sentir a fuego. Y a él también le llegaron las voces de lo razonable.
 
Y sin embargo, se metió en el Mar del Padre. Se hundió por completo. Se dejó hacer hasta ni siquiera ser él. Se disolvió en la Plenitud del Padre. Se dio por completo, sin reservas, lleno de miedo, sudando sangre y agua, con una angustia difícil de imaginar. Saltar al vacío y no estar asustado, ni siquiera el propio Dios puede.
 
Saltar al vacío y ser de Dios.
 
En realidad no es tan fácil. Vivir sin protecciones, dejarse hacer por los demás. Ver al Padre en aquellos que queremos, pero sobre todo en los que no nos resultan tan afines ni tan confortables. Meternos en el ruido, ver nuestras limitaciones. Sentir que no sabemos arreglarlo todo, contemplar en el espejo una imagen llena de contradicciones.
 
Miedos, justificaciones, desvíos. Buscamos, porque está en nuestra naturaleza todo aquello que nos da seguridad y nos ayuda. Nos decimos que ya bastante intentamos hacer, que es importante que alguien como nosotros esté donde está, que ocupe el puesto que ocupa, o que pueda, desde donde habita, desplegar toda una vida de bondad y entrega. Bondad y entrega calculadas, sin embargo; sujetas a nuestras prioridades y a nuestros miedos. Saltar al vacío, sí. Siempre. Pero con red de seguridad.
 
Pero, tampoco es tan difícil. No. Entregarse al Padre, vivir la Plenitud de la Pascua de Jesús no es tan difícil. No somos superhombres. Pero Jesús tampoco resultó serlo. Tuvo miedo, sufrió el dolor y la decepción. Cometió errores, fue injusto con algunas personas. Y sin embargo, nunca renegó de sus fallos, de su naturaleza humana. Nunca nos pidió que fuéramos otra cosa distinta a lo que somos. El Padre se hizo Hombre. Se nos olvida con tanta facilidad. Buscamos caminos de ascenso espiritual, cuando en realidad –si es que ése no es un concepto discutible en sí mismo- fue el Padre quien descendió hacia nosotros. Es Él quien se acerca a nosotros, quien nos pide que sigamos siendo lo que somos, pero en Él.
 
No es tan difícil llegar a la Plenitud. No es tan fácil.
 
Es un momento. Pero también una vida.
 
Es aferrarse al Padre. Y lanzarse al vacío.
 
Es fiarse de los hermanos. Con todas las consecuencias. Con el amor más denso y extremo. Es diluir nuestra vida entre las suyas, confundirnos en el mismo espacio, converger nuestras trayectorias.
 
Compartir la vida o no. Dejarnos interpelar o no. Abrir las puertas o no. No es tan fácil. No es tan difícil. Es la Plenitud.
 
Jesús abre los ojos. Un muchacho se le acerca. Viene con un recado de su madre y sus hermanos. Parece que ya han conseguido un lugar para celebrar la cena de Pascua. Ahora tiene que dejarnos. El muchacho le pide que le acompañe y lo de esta noche está casi todo por hacer. Nos volveremos a encontrar más tarde, nos dice a cada uno, mirándonos a los ojos como sólo él sabe hacerlo, con esa mirada intensa y arrebatada, pero tranquila y llena de comprensión.
 
Vendrás a la Pascua, ¿verdad?